Por qué es necesario un cambio educativo…dentro y fuera de la escuela


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Como casi siempre Forges dando en el clavo. Su viñeta no es sólo un chiste, es real y lo sé por propia experiencia. Yo mismo tuve una entrevista de trabajo similar el pasado mes de enero. Lo peor, lo trágico de la situación es que encima te lo piensas…encima te sientes culpable porque en lo más profundo de tu ser deseas que no te llamen para trabajar. Lo peor es constatar que para aceptar ese trabajo hay un ejército de candidatos esperando dispuestos a competir y que en la lucha interna que se desata en uno mismo entre dignidad o miedo suele ganar el miedo.

Lo han conseguido, nos han inoculado el virus. Hasta hace no mucho tiempo, nuestro opresor, nuestro enemigo, aquel que nos hacía actuar a la fuerza contra nuestro propio bienestar mirando sólo por su propio interés, era alguien perfectamente identificable, alguien con nombre y apellidos. Un dictador, un patrono despótico, un ejército invasor. Era fácil saber contra quién luchar. Ahora, en cambio, nuestro opresor se ha hecho difuso; es algo no alguien. Nuestro enemigo se nos ha colado dentro y ha invadido nuestra propia conciencia. Hemos interiorizado sus normas y ya ni siquiera le hace falta usar la fuerza. Ha impuesto sus términos en el debate, y como el lenguaje nunca es neutral, sin darnos cuenta hemos asumido sus valores como propios.

Abundan hoy en día los que confundimos nuestra propia vida con la vida que nos muestran en televisión. Sin embargo, esta falsa identificación es ya muy vieja. Sería injusto achacarle toda la culpa exclusivamente a la televisión. Es bien conocida la historia de una muy anciana cigarrera que a principios del siglo pasado, hiciera frío, calor, lloviera, etc, se sentaba a vender su mercancía a las puertas del teatro real, y al ver pasar a los miembros de la alta sociedad ricamente engalanados decía: “qué bien vivimos en Madrid”.

Si echo la vista atrás, personalmente advierto que la escuela no me ha ayudado en absoluto a vencer este mal y sospecho que históricamente, lejos de ser un lugar de emancipación, la escuela, incluida la universidad, ha profundizado aún más en ese proceso de alienación. Si de lo que se trataba era de explicarme un mundo del que me sentía cada vez más desconectado y ajeno, su excesivo énfasis en lo mental, abstracto y conceptual, desde luego no me ayudó en absoluto. Paradójicamente, con el paso de los años me he dado cuenta que cuanto más conocimiento acumulaba en mi cabeza, más confundido y más inseguro me sentía. Aprender aprendía, pero era incapaz de engendrar ningún sentimiento real hacia aquellos procesos que me enseñaban como ideas abstractas que me ayudase a saber su significado profundo o desarrollar algún tipo de preocupación o compromiso. Sin una experiencia activa, directa e integral, no sólo intelectual, en mi mente todas estas ideas resonaban igual…igual de arbitrarias, ya que no terminaba de encontrar la manera de saber qué es cierto y qué no, porque lo que sé es sólo aquello que otros seres humanos (seguramente igual de desconectados que yo mismo) me cuentan por muy expertos o profesores universitarios que sean.

En la escuela las preguntas más importantes, las que todo alumno aplicado debe saber responder son: qué quieren qué diga, qué quieren qué haga. Pasan los años y andamos tan enfrascados en encontrar día tras día la respuesta que nos olvidamos de preguntarnos: qué quiero, qué siento, qué necesito. Nos olvidamos de nosotros mismos y lo que es fatal, nos hacemos sumisos e irresponsables de nuestros actos, como aquel alto funcionario nazi, Adolph Eichmann, que al ser juzgado en Jerusalem por crímenes contra la humanidad, tal y como nos cuenta Hannah Arendt, eludía su responsabilidad aduciendo que obedecía órdenes, que era la ley o que tenía que hacerlo.

Mi motivación principal es, ni más ni menos, encontrar la respuesta dentro de mí a esas tres preguntas esenciales: qué quiero, qué siento, qué necesito, y si sabiéndolas responder, puedo ayudar humilde y respetuosamente a otros a encontrar las suyas propias, entonces, intuyo, que estaré cerca de la autorrealización personal. Mi mujer Bego y sobre todo mi hijo Leo son mi motor para profundizar en una educación activa, en una pedagogía que ponga por delante de todo las necesidades de los niños, porque aprender a respetar a nuestros hijos, a verles como son, sin que les de vergüenza mostrarse al mundo con plena conciencia de sí mismos y de los demás, creo que es la única manera de poblar un mundo, no de títulos universitarios con patas, sino de seres humanos en los que entre la dignidad o el miedo, prevalezca siempre la dignidad.

 

 

 

 

 

 

Conversaciones en la web social: perdón por la redundancia


Era algo que antes sólo sospechaba pero que ahora sé con seguridad: la web social es un foro público de discusión inigualable… nada más y nada menos. La web social ha puesto los medios para que cada uno de los miembros de la pequeña comunidad websoc13 hayan tenido la oportunidad, por un lado, de exponer su propio pensamiento al juicio de los demás para que de su mano, aquél haya podido seguir alimentándose y creciendo y, por otro, haber podido acceder al pensamiento de los otros y, juzgándolo, integrar materiales y conectar ideas. La comunidad websoc13 (sería muy simple llamarla asignatura desde mi punto de vista) se ha convertido, para mí, en algo especial: en un espacio informal de aprendizaje y, por tanto, de conversación. ¿Acaso no hemos hecho otra cosa que conversar? Casi como un juego, entre conversación por aquí y chascarrillo por allá, hemos hecho buena las palabras John Seely Brown:

“maybe the learning has to do with learning how to join, or you learn to join, and once you join now you marinate in that, and learning isn’t something you do consciously. It is something you absorb. And so there’s something that most serious learning often happens through an osmosis process that once I dwell in the set of the experiences things are getting integrated in my head not necessarily consciously, because there’s a tremendous amount of tacit knowledge that I’m kind of being exposed to in these kind of communities. And I just start to integrate, assimilate, let things gel, and it’s not particularly conscious”.

Dicen que la mejor improvisación es fruto de una buena preparación. Una buena conversación es, en gran medida, pura improvisación; surgen sin pretenderlo; aparecen por sorpresa o no aparecen. Por eso hay que estar bien preparado y atento; la web social nos puede tener guardada una buena conversación en cualquiera de sus calles y aquí las calles tienen nombres como Twitter, Google+, Facebook, blogs, etc (estaría muy bien que alguna avenida llevase el nombre de una biblioteca, ¿no?). A mí, esto que cuento, me ha pasado; la interacción con el resto de compañeros me ha proporcionado innumerables momentos de, podríamos llamarlo, conexión mental. Podría recordar aquí cientos de esos momentos, pero dado que, por aquello de la extensión, eso lo dejaré para cuando escriba el libro (es broma, por supuesto), me gustaría rememorar uno en concreto, no por el contenido, que también, sino porque me hizo gracia cómo la conversación se fue desenvolviendo en distintos espacios e implicando diferentes plataformas.

En una ocasión, @tonyatlantico compartió en Twitter un artículo:

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Como en el tweet me mencionaba (@jicabell), evidentemente consiguió captar mi atención y tras leer el artículo, mi entusiasmo fue tal que, tras marcarlo como favorito y retweetearlo, decidí compartirlo en Google+ (aquí la entrada enlazada):

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Y de repente la sorpresa. Lo que en principio podía ser un comentario más, la espontaneidad de +Mjose Websoc consiguió convertirlo en toda una conversación enriquecedora. A su reflexión no le faltaba ni le sobraba una coma; aunque larga, a mí se me hizo realmente corta (merece la pena leerla íntegramente); entre muchas otras cosas decía: “Muchos son a lo largo de la historia los que han tenido clarividencia de qué es la educación y cómo debemos educar a nuestros niños para enseñarles a aprender por sí mismos, para que el aprendizaje sea interesante, pero no les hacemos caso y cuando son como una esponja, ya de pequeños, matamos su interés haciendo el aprendizaje monótono, cuando menos y cuando más, terrorífico (…)No solamente no hemos evolucionado sino que estamos retrocediendo a pasos de gigante (…)no me extrañaría que volvamos a la palmada con la regla o a las orejas de burro, para que el ministro Wert y sus colegas se queden tranquilos pensando que los chicos están “disciplinados”, “mano dura” y no respeto es lo que se busca. Competitividad y no solidaridad”. No pude evitarlo y tuve que darle mi opinión. Después de una breve consideración personal sobre la educación, le terminaba diciendo que precisamente había tocado estos temas de una forma más amplia en uno de mis posts. Mjose aceptó la invitación, agarramos nuestra conversación y cambiamos de calle. Ya en mi blog Mjose escribía: “En cuanto a Finlandia, estoy muy decepcionada, me encantaba oír o leer la pedagogía finlandesa, el respeto por la educación, los docentes, los discentes…… Nada, mentira, como todo, o no nos llega a todos. Mi hijo ha ido de erasmus a Finlandia y no ha podido disfrutar de las exquisiteces de la educación finlandesa, pues los erasmus tenían aulas separadas. Por favor, en España tendremos peor educación, pero no aislamos, y la educación que hay es para todos; mucho nivel finlandés, sí, pero para ellos….., como siempre y como todo”. De repente, uno de mis mitos se terminaba de derrumbar; en la misma semana que Mjose me contaba esto, había visto un vídeo en el que Dolors Reig comentaba que la educación debería “producir” ciudadanos responsables y felices y que Finlandia el tema de la felicidad muy asimilado no lo tenía; el dato que aportaba era demoledor: Finlandia es el país de Europa con la mayor tasa de suicidios. Está claro que no conviene idealizar demasiado, sólo lo justo.

Aquí quedó la cosa hasta que un día andaba David Rodríguez de paseo por Google+ y decidió pararse a mirar el escaparate de mi publicación y entrar a comentar. De nuevo la sorpresa; qué gusto comprobar que la conversación permanecía viva. David comentaba que “si en algo nos alegra una asignatura como ésta (y me atrevo a hablar tanto por Tony como por mí) es en conseguir que le veáis el valor de aprender, de compartir y de discutir. Y de ser críticos, sin duda, también con el modelo educativo (…) Esperemos no haberos aterrorizado con nuestro modelo docente :-)”. Mjose contestó primero: “Bueno David, aterrorizada no, pero un poco acobardada por los tiempos, sí que estoy (para qué negarlo), pero contenta. Si algo identifica a esta asignatura es colaboración, comunicación con los otros compañeros; no nos conocemos y sin embargo, yo me siento y opino como “en casa”; la pena es que haya tan poco tiempo para asimilar tanto; no me da tiempo a reflexionar, como decías, lo tengo pendiente para cuando esté más tranquila y pueda desarrollar lo aprendido”. Yo, por mi parte, escribía: “Por fin una asignatura integral en la que no se nos obligase a olvidarnos de nosotros mismos y de nuestros conocimientos previos y poder opinar como si estuviésemos en casa como decía María José. Lo mejor no es que sepa que he aprendido mucho, sino que todavía no sé todo lo que puedo haber aprendido sin darme cuenta”. Fue curioso esta conversación; empezamos criticando ferozmente el modelo educativo impuesto justo en la semana en la que se aprobaba la enésima reforma educativa y terminábamos encomiando el modelo pedagógico de una “asignatura” insertada, paradójicamente, dentro de un marco académico tradicional. Esto puede ser considerado como todo un sabotaje, o mejor aún, una rebelión a bordo…¿prenderá la chispa?

No querría terminar este post sin hacer antes una última reflexión sobre el modo en que, al menos en mi caso, se han ido desenvolviendo las conversaciones en websoc13. Comentaba en una ocasión con Silvana (@silvawebsoc, qué feliz encuentro, qué grandes momentos) que me extrañaba cómo muchas veces se habían abierto conversaciones interesantes en los distintos foros que se descontinuaban porque parece que nos urgían las prisas por pasar a la siguiente lección. Lo que quería decir con esto es que me ha llamado la atención el modo de conversar que hemos desarrollado entre todos. Los diálogos, independientemente del número de intervinientes, se componían de una serie de turnos de palabra en las que los participantes dejaban un comentario y ya no volvían a intervenir más; si había réplica, no había contrarréplica, y si la había, provenía, normalmente, de una tercera persona (no me excluyo, por supuesto). También me parece paradójico que haya sido Twitter, precisamente la plataforma más restrictiva en cuanto a la longitud permitida de los comentarios, la red en la que ha habido más interacciones e interconexiones entre los miembros de la comunidad. Lo bueno y lo malo de Twitter, al mismo tiempo, es ser capaz de lidiar como ninguna otra red con las prisas que impone la circulación constante de información y contribuir de la misma forma a su aceleración. Puede que, de ser así, lo que se haya ganado en extensión se haya perdido en profundidad. Seguramente demasiadas conversaciones abiertas y muchos frentes temáticos interesantes a los que atender al mismo tiempo hayan sido la causa. Se me ocurre pensar que, puestos a adivinar el futuro de la web, quizá la fase “post-websoc13” de la que habla @rafavilwebsoc (no me gustan los jefes, pero si tuviera que elegir uno, sin lugar a dudas le elegiría a él) sea aquella en la que cada uno encuentre, junto a su tema o temas predilectos, la red personal de aprendizaje (PLN) con la que compartir y pensar de forma colectiva sobre ellos, dedicándole el tiempo que una reflexión más profunda necesita.

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Web Social, educación y la biblioteca de mis sueños


En el espacio de radio “Los niños y Jimeno siempre dicen la verdad” de Cadena 100, el pasado 18 de Abril se preguntó a un grupo de niños qué se nos da bien hacer a los españoles. Una de las respuestas no dejaba lugar a dudas: “los españoles hacemos bien la educación, porque los colegios cuando son un rollo es que hacen bien la educación y aquí los colegios son un rollo”. Pues eso.

Se dice últimamente que poner en cuestión la educación está de moda. Yo, sinceramente, espero que no sea sólo una moda. Es curioso comprobar cómo los que más saben sobre estos temas coinciden en destacar como algo negativo el hecho de que nuestro sistema educativo, tal como lo conocemos hoy en día, básicamente haya pasado intacto de generación en generación durante aproximadamente los últimos 150 años. Lo dicen, entre otros Ken Robinson, Sugata Mitra o Will Richardson.

El origen de nuestro sistema educativo responde a las necesidades de la industrialización. Para trabajar en una fábrica lo que se requiere es aprender procesos repetitivos y estandarizados. La educación responde a esa lógica apoyándose de lleno en la cuantificación del conocimiento, en aquello que es fácil clasificar y comparar. Los exámenes se convierten en la columna vertebral del sistema, tanto, que el sistema, imbuido de lógico pragmatismo, termina volviéndose el modelo más refinado en el arte de cómo enseñar a aprobar exámenes (¿qué decir de las oposiciones?). La consigna es, como diría un marxista arrepentido, a cada pregunta su respuesta, cada uno según sus notas. El conocimiento pierde su valor intrínseco y se convierte en un medio; de lo que se trata es de aprender (par)a aprobar el examen. El sistema penaliza el error, no lo perdona; el error, en todo caso, se recupera. La consecuencia inmediata es el cerco a la creatividad, a la diferencia. Pérdida completamente asumible, pues, la educación está orientada a un mundo laboral que no valora esas cualidades en absoluto; el Estado, por su parte, encantado de contar con ciudadanos que, como diría el gran Joaquín Rodríguez, han desaprendido a preguntar y a decir no. El proceso de aprendizaje se impone como un asunto eminentemente formal que transcurre entre los muros de una clase, mundo paralelo donde el tiempo se congela y disipan las conexiones con la cotidianidad del aprendiz. Para ser examinados, todos reciben las mismas lecciones, se les asignan las mismas lecturas y se les pide cumplir con los mismos objetivos al mismo ritmo y de la misma manera. El equilibrio entre profesor y alumno se quiere descompensado a favor del primero. El profesor habla, el alumno escucha. Uno es el protagonista, el que ostenta la máxima responsabilidad y el que ejerce la parte más activa en el proceso de aprendizaje; el otro desempeña un rol pasivo; recibe un currículum cerrado en el que otros han decidido por él qué aprender, en qué momento y cómo hacerlo.

Las bibliotecas asumen una labor auxiliar en el sistema educativo y se convierten en almacenes de respuestas. En un mundo donde la información continúa siendo un bien escaso y el conocimiento es visto como un producto estático contenido en libros o cualquier otro documento elaborado, eso sí, por expertos, las bibliotecas se lanzan a la misión de ordenar y clasificar todo ese conocimiento con el propósito último de facilitar su recuperación y consulta. Es el tipo de biblioteca que en un post anterior llamaba como “de mírame y no me toques”.

Y de repente el tsunami: Internet, la web. La información se desborda y, a pesar del empeño de muchos por seguir manteniendo la ficción de la escasez, se convierte en un bien prolífico. Llevados tal vez por el espíritu del famoso principio de Shirky (Clay Shirky): “Institutions will try to preserve the problem to which they are the solution”, el sistema educativo decide no darse por aludido y mirar hacia otro lado. Se sigue considerando que la misión más digna de todo estudiante es encontrar la respuesta adecuada a cada pregunta. Es un juego de parejas muy simple en el que las bibliotecas han aprendido a moverse como pez en el agua; para qué cambiar si años de experiencia en el tratamiento de la información les han hecho adquirir el estatus de expertos y dominar todas las respuestas. Pero de pronto a las bibliotecas les cambian las preguntas. Aparece Google, que no sólo parece que lo sabe todo, sino que encima es capaz de combinar eficacia y sencillez. Si de lo que se trata es de encontrar respuestas a preguntas concretas, pues nadie mejor que Google. A su lado las bibliotecas parecen vetustas moles de libros en las que hay que dominar unas complejas técnicas de buceo para poder encontrar algo.

Estamos en la era de la información, nuevo modelo económico post-industrial, y al sistema educativo se le viene abajo uno de sus pilares fundamentales. El fenómeno de la hiperinflación universitaria sacude con fuerza todo el edificio. Antes poseer un título universitario era el pasaporte directo, si no a un buen empleo, al menos a uno. Ahora, en cambio, la mayoría de graduados pasan a engrosar directamente las listas del paro. El sistema educativo ya no puede seguir formando a la gente para unos empleos que ya no existen; tampoco puede seguir haciéndolo de la misma manera. El cambio se convierte en una necesidad perentoria. Movidos por la máxima de cambiar algo para que todo siga igual, burócratas y sobre todo hombres de negocios, empiezan a hablar insistentemente del impacto de las nuevas tecnologías en educación. El modelo Gates de e-learning consiste en algo muy sencillo: quítate tú para ponerme yo. Se trata de privatizar y de sustituir a los profesores por ordenadores para que los estudiantes puedan acceder desde ellos a contenidos precocinados. A pesar de tanta fanfarria tecnológica, el objetivo último que se persigue sigue siendo el mismo: aprobar el examen. Dado que los exámenes siguen consistiendo en preguntas “googlelables”, el futuro de las bibliotecas se oscurece aún más.

¿Frente al negocio existe algún modelo alternativo de cambio? Afortunadamente sí, un modelo que, aprovechando la dinámica de la web social, busca explotar la auténtica potencialidad pedagógica de las nuevas tecnologías. Se parte del hecho de que el aprendizaje real se convierte en algo ubicuo, que puede suceder en cualquier momento, en cualquier lugar y con cualquiera que tenga algo que enseñarnos, no ya sólo con un profesor en una clase con compañeros más o menos de la misma edad de septiembre a junio. Todavía más importante, el aprendizaje ocurre en torno a las cosas que los aprendices eligen aprender, no a lo que alguien ajeno haya decidido previamente. Los currículums se abren y cada uno crea el suyo propio en función de lo que sabe y lo próximo que necesite saber. A los profesores se les plantea un desafío: dejar de impartir el currículum para ayudar a los estudiantes a descubrirlo por sí mismos. Son los estudiantes los que se plantean sus propias preguntas, trabajan con otros para encontrar las respuestas y producen sus propios contenidos. Las respuestas renuncian a la monogamia y se fomenta el aprendizaje basado en la investigación. Las evaluaciones se centran menos en lo que los estudiantes saben y más en lo que sean capaces de hacer con lo que saben. El desarrollo de la creatividad, las habilidades para la resolución de problemas y la gestión, análisis y síntesis de múltiples y simultáneas fuentes de información se convierten en las habilidades más valoradas. George Siemens y Stephen Downes elaboraran el conectivismo como teoría del aprendizaje en la era de la información. En palabras del último de ellos:

we have to stop thinking of an education as something that is delivered to us and instead see it as something we create for ourselves”

Fruto de la puesta en práctica de esa premisa, surgen de la mano de esos dos mismos investigadores los originales MOOCs (Massive Open Online Courses) aproximadamente en 2008. En ellos, en torno a objetos compartidos de aprendizaje, se crean comunidades de aprendices. La concepción epistemológica del conocimiento se ve transformada. El conocimiento deja de ser visto como un objeto estático y se contempla como un proceso dinámico re-elaborado conjuntamente en forma de conversación. El filtrado de información o “content curation”, el intercambio de contenidos y la participación activa en la creación compartida de conocimiento a través de procesos de auto-publicación, evaluación y crítica colectiva de los contenidos por parte de pares y expertos, se convierten en los procesos fundamentales. Todo ello termina concretándose en la formación de entornos personales de aprendizaje (PLE), pequeñas bibliotecas individuales donde cada estudiante organiza todos los contenidos necesarios para su aprendizaje, tanto los filtrados y compartidos como los creados por él mismo.

¿Bibliotecas individuales? ¿Qué pasa con la biblioteca en sentido amplio? Personalmente creo que el conectivismo brinda a las bibliotecas una gran oportunidad para ocupar un lugar central en el modelo educativo que se derive de poner en práctica sus postulados fundamentales. Desde mi punto de vista, creo que las bibliotecas deberían convertirse en grandes “Bibliotecas Compartidas” donde todos esas bibliotecas individuales pudiesen encontrarse. La biblioteca compartida sería algo así como un gran foro público cuyo importantísimo valor añadido sería, no sólo aglutinar sino, sobre todo, conectar ideas y personas. La biblioteca compartida sería, en definitiva, una plataforma de conexión y aprendizaje colaborativo, nada nuevo, por cierto, pues como nos recuerda David Lankes en referencia a la antigua biblioteca de Alejandría:

was much more akin to the universities of today. There were multiple buildings on the campus. One of the first was a temple dedicated to the Muses called Musae- where we get the word museum. The main building of the Library was as much a dormitory as it was a warehouse. Scholars from the known world were brought together and encouraged to talk to create. It was, in fact, one of the earliest think tanks and innovation centers in history. The librarian was one of the closest advisors to the rulers of the city-state”.

Lo mejor de todo es que la nueva biblioteca de Alejandría, apoyada en la fuerza de las tecnologías de la información y la comunicación, podría convertirse en toda una biblioteca pedagógica y alcanzar un impacto global, haciendo posible que germinase la llamada “Academia red” envisionada por Pekka Himanen y ya apuntada en el proyecto de la web original de Tim Bernes-Lee.

¿Compañeros o seguidores?


Es la primera vez que empiezo a escribir en este blog movido por una sensación amarga. Bien porque aún no me he haya podido quitar las gafas con las que escribí el último post, o bien porque mis expectativas eran muy elevadas, el caso es que no he podido evitar un sentimiento de decepción tras leer “¿Por qué compartimos contenidos en las redes sociales?” en el blog de Roberto Carreras.

De todos los posibles artículos que tengo pendientes por leer, elegí ese por una sencilla razón: su título. La cuestión de por qué compartimos suscita en mí ideas que tienen que ver con la formación de proyectos colaborativos en la gestión del procomún (sea éste digital o no), de ahí que cuando tropiezo con un título tan sugestivo no pueda dejarlo escapar.

Lo que más me llamó la atención del artículo fue cómo estaba escrito. Para mí, parecía como si su autor lo hubiera compuesto de la misma manera que lo habría hecho Google (o como lo hará cuando las máquinas sean capaces de escribir post todos los días en menos de 60 minutos). Cuando uno pregunta la hora a Google, lo que recibe como respuesta es una lista de relojes ordenados por relevancia (se supone). Pues bien, Roberto Carreras hizo exactamente lo mismo con su artículo. En él se plantea una pregunta decisiva, un “por qué”, y para abordarlo se limita a ofrecer una lista de datos y referencias que realmente a lo que responden es a un “qué”. Sí, efectivamente Roberto, que compartimos está claro, pero ¿por qué?. Casi en el último suspiro, encontramos un conato de respuesta ¿En forma de opinión?, ¿de conclusión? No, de nuevo otra referencia y, para rematar, una lista de posibles alternativas ordenadas según su peso estadístico. Muy esclarecedor.

¿No somos los bibliotecarios los primeros en avisar sobre el peligro que acarrea el uso indiscriminado de Google? Todo el mundo conoce ya la famosa frase atribuida a Neil Gaiman: “Google can bring you back 100,000 answers, a librarian can bring you back the right one.” Intentemos, pues, ir un poquito más allá de lo obvio y aportar una visión algo más profunda de las cosas; alejarse del peligro que supone dejarse cegar por la potencia de la web social, tan rica y dinámica, que parece una fuente inagotable de información capaz de alimentarse sí misma. Si nos dejamos arrastrar inconscientemente por su dinamismo y fiamos nuestro conocimiento a lo que únicamente ella nos aporte, podemos incurrir en aquello sobre lo que ya avisaba Natalia Arroyo:

Instituciones y personas con un cierto interés por posicionarse en las redes sociales se ven obligadas no sólo a formar una red de contactos amplia, sino también a publicar muchos contenidos para aparecer en las cronologías de otros con mayor frecuencia, por lo que en ocasiones prima la cantidad frente a la selección y a una cuidadosa línea de contenidos bien pensada.”

Inmersos de lleno en la web social, esforzándonos por sacarle el máximo partido a todo lo que de bueno nos puede aportar (que no es mucho, es muchísimo), no conviene olvidarse de cultivar un espacio de lectura y de reflexión más pausada en la que, principalmente, sean los libros los protagonistas. Yo, personalmente, fascinado por la inmediatez que me ofrecía el gran mundo de las apariencias que es la web social, donde parece que todo pasa, incurrí en el error de olvidarme de los libros y, ahora que los he vuelto a recuperar, me doy cuenta del beneficio tan enorme que le aporta a mi dinámica en ella. Hasta hace no mucho, cuando consultaba mi cuenta de Google Reader y comprobaba cómo mi lista de novedades había crecido por encima de 100, me lanzaba a leer frenéticamente. Mi objetivo era dejarla diariamente a cero; la heterogeneidad de lo que leía era enorme, su impronta más bien delicada. Procuraba que no se me escapase ni uno solo de los acontecimientos, opiniones, informaciones que se sucedían delante de mis ojos y no me daba cuenta que lo que se me escapaba realmente era el sentido de lo que había detrás de ellos. Con los libros de regreso he encontrado el momento de pararme a pensar y encontrar las conexiones; ya no tiro a bocajarro, sino que, aunque falle, al menos intento apuntar con intención.

Si uno contempla la web como el espacio sobre el que levantar el propio entorno personal de aprendizaje, el tiempo que se dedique a leer un libro será visto como una auténtica inversión. Ahora bien, si en cambio, uno contempla la web como una carrera entre (per)seguidores y (per)seguidos en busca de la reputación perdida (una carrera en la que paradójicamente los (per)seguidos también suelen correr detrás de los (per)seguidores), lo que crearemos entre todos será una web que haga buena la viñeta de “El Roto” que decía: “Gracias a las nuevas tecnologías, me informo al segundo y lo olvido al instante”. ¿Realmente, alguien quiere seguidores así? Es más, ¿alguien quiere seguidores de ningún tipo? Yo, personalmente, prefiero compañeros al lado antes que seguidores detrás, porque mientras que con los primeros se comparte, a los segundos se les concede.

Por cierto Roberto, entonces ¿por qué compartimos en las redes sociales?

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Give me a break!


Hannah Arendt decía que el pensamiento es la facultad mediante la cual la mente es capaz de congelar el tiempo en un presente continuo gracias a una poderosa herramienta: la imaginación. Frente al mundo de las apariencias, que fluye y cambia constantemente movido por el paso tiempo (en las que operan las otras dos actividades del espíritu: la voluntad y el juicio), en el pensamiento somos transportados al mundo de las esencias, de lo general, de lo inmutable; el pensamiento opera con lo universal. Se trata de una actividad solitaria en la que el ser humano se divide en dos para establecer un diálogo silencioso consigo mismo.

Aunque el pensamiento es una actividad solitaria, su continuidad sólo es posible gracias a los demás. Para que el pensamiento no desaparezca, necesita ser comunicado y contar con el juicio de otros. El pensamiento presupone una comunidad, de ahí que la web social aparezca como el medio ambiente propicio donde aquél se encuentre bien alimentado. ¿No es la web social el mayor foro público de la historia?

¿Algún problema? Pues sí. Para que el pensamiento prospere bajo el escrutinio de los demás, no basta con ser comunicado; el examen que de ahí se derive presupone, a su vez, que cada uno esté dispuesto y sea capaz de justificar lo que piensa y dice, en resumen, que sea responsable. Y ahí, precisamente, es donde reside el desajuste entre pensamiento y web social. No sólo por los casos flagrantes de “tiro la piedra y escondo la mano” al amparo del anonimato injustificado (existen casos justificados lamentablemente), sino sobre todo por la inmediatez con la que transcurre todo en la red. Los acontecimientos llaman nuestra atención a tal velocidad que a veces establecer conexiones entre ellos resulta casi imposible. Llevados por la premura, si se consigue, es a costa de cierta superficialidad. Hemos convertido la red en un estado tan hiperestimulante que el diálogo interno con uno mismo se ve constantemente interrumpido por las novedades (yo hay veces que ya ni me oigo a mí mismo). Nuestras propias ideas son una especie de planta que para crecer necesitan de muy poca luz y tiempo y la web social puede resultar en muchas ocasiones una lámpara de máxima potencia y de larga duración.

El delicado equilibrio entre privacidad y vida pública en cuanto a la madurez del pensamiento se refiere, puede derivar en cierta enajenación; la abundancia de información, por su parte, en especialización. Cada vez sabemos más sobre menos cosas. Veo a Leonardo Da Vinci en su laboratorio con las Google Glass puestas viendo la opinión de sus followers sobre su último cuadro mientras trata de terminar el diseño de su último invento y mirando al infinito con ojos suplicantes diciendo: “give me a break”.

En cierta medida no envidio nada a los grandes protagonistas de la red que en busca de reputación digital han conseguido un número de seguidores estratosférico. Su influencia es tan amplia como su repercusión. Me pregunto si en algún momento dejarán de decir lo que piensan para decir lo que de ellos se espera. Me pregunto si en algún momento será más importante conservar la reputación conseguida que su propia independencia. Lo dicho, un equilibrio delicado entre lo público y lo privado. Como con las cajetillas de tabaco, a todo aquél que se adentre de lleno en la web social, le debería saltar un aviso que dijese: “las autoridades sanitarias advierten que el uso continuado de esta web puede ocasionar episodios esporádicos de enajenación. Para volver a encontrarse a uno mismo se recomienda tomarse descansos continuados”.

DESCANSO DIGITAL

Descanso digital

El único documento sobre la tierra


Leyendo un tema sobre cómo elaborar un presupuesto para llevar a cabo un proyecto de digitalización me dio por pensar ¿Qué pasaría si ocurriese una hecatombe mundial y el único documento que sobreviviese fuese el presupuesto de un proyecto de digitalización? ¿Qué pensarían de nosotros las futuras generaciones si sólo pudiesen contar con ese documento para juzgarnos? Decidí ponerme en la piel de alguna de las personas que se encontrase en ese hipotético caso y mirar esa valiosísima información con sus ojos.

Lo que más me llamó la atención de la lectura detenida del tema fue que todo, hasta lo más insignificante, debía ser cuantificado en términos monetarios. En mi recorrido me encontré a mí mismo saltando de sorpresa en sorpresa…”¿pero esto también hay que presupuestarlo?” Como el dedo del rey Midas, todo lo que el presupuesto tocaba lo convertía en mercancía.

Me llegué a desesperar, lo confieso. No podía dejar de pensar…”pero, ¿en un proyecto así no habrá nadie que haga algo por gusto, por el mero hecho de hacer algo bien?; ¿qué lo único que busque esa persona a cambio sea, a lo sumo, el reconocimiento de sus compañeros? ¿una palmadita en la espalda?” Yo mismo me contesté. No debe de haber, porque si no en el presupuesto habría un apartado que dijese bien claro:

  • Contratar a alguien que de palmaditas en la espalda: tantos€

Todo muy profesional, como debe ser. Nada que ver con esos aficionados que comparten información y conocimiento en las redes sociales sin esperar nada a cambio…bueno sí, una palmadita en la espalda.

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