Web Social, educación y la biblioteca de mis sueños


En el espacio de radio “Los niños y Jimeno siempre dicen la verdad” de Cadena 100, el pasado 18 de Abril se preguntó a un grupo de niños qué se nos da bien hacer a los españoles. Una de las respuestas no dejaba lugar a dudas: “los españoles hacemos bien la educación, porque los colegios cuando son un rollo es que hacen bien la educación y aquí los colegios son un rollo”. Pues eso.

Se dice últimamente que poner en cuestión la educación está de moda. Yo, sinceramente, espero que no sea sólo una moda. Es curioso comprobar cómo los que más saben sobre estos temas coinciden en destacar como algo negativo el hecho de que nuestro sistema educativo, tal como lo conocemos hoy en día, básicamente haya pasado intacto de generación en generación durante aproximadamente los últimos 150 años. Lo dicen, entre otros Ken Robinson, Sugata Mitra o Will Richardson.

El origen de nuestro sistema educativo responde a las necesidades de la industrialización. Para trabajar en una fábrica lo que se requiere es aprender procesos repetitivos y estandarizados. La educación responde a esa lógica apoyándose de lleno en la cuantificación del conocimiento, en aquello que es fácil clasificar y comparar. Los exámenes se convierten en la columna vertebral del sistema, tanto, que el sistema, imbuido de lógico pragmatismo, termina volviéndose el modelo más refinado en el arte de cómo enseñar a aprobar exámenes (¿qué decir de las oposiciones?). La consigna es, como diría un marxista arrepentido, a cada pregunta su respuesta, cada uno según sus notas. El conocimiento pierde su valor intrínseco y se convierte en un medio; de lo que se trata es de aprender (par)a aprobar el examen. El sistema penaliza el error, no lo perdona; el error, en todo caso, se recupera. La consecuencia inmediata es el cerco a la creatividad, a la diferencia. Pérdida completamente asumible, pues, la educación está orientada a un mundo laboral que no valora esas cualidades en absoluto; el Estado, por su parte, encantado de contar con ciudadanos que, como diría el gran Joaquín Rodríguez, han desaprendido a preguntar y a decir no. El proceso de aprendizaje se impone como un asunto eminentemente formal que transcurre entre los muros de una clase, mundo paralelo donde el tiempo se congela y disipan las conexiones con la cotidianidad del aprendiz. Para ser examinados, todos reciben las mismas lecciones, se les asignan las mismas lecturas y se les pide cumplir con los mismos objetivos al mismo ritmo y de la misma manera. El equilibrio entre profesor y alumno se quiere descompensado a favor del primero. El profesor habla, el alumno escucha. Uno es el protagonista, el que ostenta la máxima responsabilidad y el que ejerce la parte más activa en el proceso de aprendizaje; el otro desempeña un rol pasivo; recibe un currículum cerrado en el que otros han decidido por él qué aprender, en qué momento y cómo hacerlo.

Las bibliotecas asumen una labor auxiliar en el sistema educativo y se convierten en almacenes de respuestas. En un mundo donde la información continúa siendo un bien escaso y el conocimiento es visto como un producto estático contenido en libros o cualquier otro documento elaborado, eso sí, por expertos, las bibliotecas se lanzan a la misión de ordenar y clasificar todo ese conocimiento con el propósito último de facilitar su recuperación y consulta. Es el tipo de biblioteca que en un post anterior llamaba como “de mírame y no me toques”.

Y de repente el tsunami: Internet, la web. La información se desborda y, a pesar del empeño de muchos por seguir manteniendo la ficción de la escasez, se convierte en un bien prolífico. Llevados tal vez por el espíritu del famoso principio de Shirky (Clay Shirky): “Institutions will try to preserve the problem to which they are the solution”, el sistema educativo decide no darse por aludido y mirar hacia otro lado. Se sigue considerando que la misión más digna de todo estudiante es encontrar la respuesta adecuada a cada pregunta. Es un juego de parejas muy simple en el que las bibliotecas han aprendido a moverse como pez en el agua; para qué cambiar si años de experiencia en el tratamiento de la información les han hecho adquirir el estatus de expertos y dominar todas las respuestas. Pero de pronto a las bibliotecas les cambian las preguntas. Aparece Google, que no sólo parece que lo sabe todo, sino que encima es capaz de combinar eficacia y sencillez. Si de lo que se trata es de encontrar respuestas a preguntas concretas, pues nadie mejor que Google. A su lado las bibliotecas parecen vetustas moles de libros en las que hay que dominar unas complejas técnicas de buceo para poder encontrar algo.

Estamos en la era de la información, nuevo modelo económico post-industrial, y al sistema educativo se le viene abajo uno de sus pilares fundamentales. El fenómeno de la hiperinflación universitaria sacude con fuerza todo el edificio. Antes poseer un título universitario era el pasaporte directo, si no a un buen empleo, al menos a uno. Ahora, en cambio, la mayoría de graduados pasan a engrosar directamente las listas del paro. El sistema educativo ya no puede seguir formando a la gente para unos empleos que ya no existen; tampoco puede seguir haciéndolo de la misma manera. El cambio se convierte en una necesidad perentoria. Movidos por la máxima de cambiar algo para que todo siga igual, burócratas y sobre todo hombres de negocios, empiezan a hablar insistentemente del impacto de las nuevas tecnologías en educación. El modelo Gates de e-learning consiste en algo muy sencillo: quítate tú para ponerme yo. Se trata de privatizar y de sustituir a los profesores por ordenadores para que los estudiantes puedan acceder desde ellos a contenidos precocinados. A pesar de tanta fanfarria tecnológica, el objetivo último que se persigue sigue siendo el mismo: aprobar el examen. Dado que los exámenes siguen consistiendo en preguntas “googlelables”, el futuro de las bibliotecas se oscurece aún más.

¿Frente al negocio existe algún modelo alternativo de cambio? Afortunadamente sí, un modelo que, aprovechando la dinámica de la web social, busca explotar la auténtica potencialidad pedagógica de las nuevas tecnologías. Se parte del hecho de que el aprendizaje real se convierte en algo ubicuo, que puede suceder en cualquier momento, en cualquier lugar y con cualquiera que tenga algo que enseñarnos, no ya sólo con un profesor en una clase con compañeros más o menos de la misma edad de septiembre a junio. Todavía más importante, el aprendizaje ocurre en torno a las cosas que los aprendices eligen aprender, no a lo que alguien ajeno haya decidido previamente. Los currículums se abren y cada uno crea el suyo propio en función de lo que sabe y lo próximo que necesite saber. A los profesores se les plantea un desafío: dejar de impartir el currículum para ayudar a los estudiantes a descubrirlo por sí mismos. Son los estudiantes los que se plantean sus propias preguntas, trabajan con otros para encontrar las respuestas y producen sus propios contenidos. Las respuestas renuncian a la monogamia y se fomenta el aprendizaje basado en la investigación. Las evaluaciones se centran menos en lo que los estudiantes saben y más en lo que sean capaces de hacer con lo que saben. El desarrollo de la creatividad, las habilidades para la resolución de problemas y la gestión, análisis y síntesis de múltiples y simultáneas fuentes de información se convierten en las habilidades más valoradas. George Siemens y Stephen Downes elaboraran el conectivismo como teoría del aprendizaje en la era de la información. En palabras del último de ellos:

we have to stop thinking of an education as something that is delivered to us and instead see it as something we create for ourselves”

Fruto de la puesta en práctica de esa premisa, surgen de la mano de esos dos mismos investigadores los originales MOOCs (Massive Open Online Courses) aproximadamente en 2008. En ellos, en torno a objetos compartidos de aprendizaje, se crean comunidades de aprendices. La concepción epistemológica del conocimiento se ve transformada. El conocimiento deja de ser visto como un objeto estático y se contempla como un proceso dinámico re-elaborado conjuntamente en forma de conversación. El filtrado de información o “content curation”, el intercambio de contenidos y la participación activa en la creación compartida de conocimiento a través de procesos de auto-publicación, evaluación y crítica colectiva de los contenidos por parte de pares y expertos, se convierten en los procesos fundamentales. Todo ello termina concretándose en la formación de entornos personales de aprendizaje (PLE), pequeñas bibliotecas individuales donde cada estudiante organiza todos los contenidos necesarios para su aprendizaje, tanto los filtrados y compartidos como los creados por él mismo.

¿Bibliotecas individuales? ¿Qué pasa con la biblioteca en sentido amplio? Personalmente creo que el conectivismo brinda a las bibliotecas una gran oportunidad para ocupar un lugar central en el modelo educativo que se derive de poner en práctica sus postulados fundamentales. Desde mi punto de vista, creo que las bibliotecas deberían convertirse en grandes “Bibliotecas Compartidas” donde todos esas bibliotecas individuales pudiesen encontrarse. La biblioteca compartida sería algo así como un gran foro público cuyo importantísimo valor añadido sería, no sólo aglutinar sino, sobre todo, conectar ideas y personas. La biblioteca compartida sería, en definitiva, una plataforma de conexión y aprendizaje colaborativo, nada nuevo, por cierto, pues como nos recuerda David Lankes en referencia a la antigua biblioteca de Alejandría:

was much more akin to the universities of today. There were multiple buildings on the campus. One of the first was a temple dedicated to the Muses called Musae- where we get the word museum. The main building of the Library was as much a dormitory as it was a warehouse. Scholars from the known world were brought together and encouraged to talk to create. It was, in fact, one of the earliest think tanks and innovation centers in history. The librarian was one of the closest advisors to the rulers of the city-state”.

Lo mejor de todo es que la nueva biblioteca de Alejandría, apoyada en la fuerza de las tecnologías de la información y la comunicación, podría convertirse en toda una biblioteca pedagógica y alcanzar un impacto global, haciendo posible que germinase la llamada “Academia red” envisionada por Pekka Himanen y ya apuntada en el proyecto de la web original de Tim Bernes-Lee.

Qué bajen las bibliotecas…por favor


Un post que escribí hace poco en este mismo blog, “Democracia xml y biblioteca compartida” , recibió un interesante comentario por parte de un compañero, Rafael Ávila (@rafavilwebsoc), en el que relataba una iniciativa que él y algunos de sus compañeros pretendían poner en práctica en su biblioteca. Rafael contaba lo siguiente: Iniciativas altruistas, te cuento una: un grupo de bibliotecarios de mi centro pretendemos convencer a la Dirección para que nos deje proyectar un servicio de asistencia y soporte informativo a parados. No es una idea original, es USA es muy habitual, peo nos parece un buen ejemplo a seguir. Se teme, y lo entiendo que, de tener éxito el servicio, se puedan colapsar el resto de prestaciones que dispensamos, pero no hacer nada en esta situación me parece un lujo. Se puede informar sobre sites donde ofrezcan empleo, cursos, emprendimiento. ¿No somos los que mejor manejamos la información? Pues utilicémosla para echar una mano. ¿Una red 2.0 que cree una comunidad de asistencia a desempleados?”

Este relato me hizo reflexionar sobre mis propias experiencias como bibliotecario y, concretamente, sobre una en especial: la relación de un bibliotecario raso con sus superiores. De entrada, tengo que confesar que llevo bastante mal el tema de las jerarquías (será porque mi abuelo era militar), pero en general, aunque lo haya intentado y me haya encontrado con gente bastante cordial en lo personal, tengo que decir que la experiencia ha sido más bien frustrante. Remarco que es mi propia experiencia subjetiva.

En estos momentos soy un bibliotecario en paro. Antes trabajé durante cinco años como bibliotecario-currito (sí, de esos que hacen de todo pero que cobran como si no hicieran nada) en la Universidad Complutense de Madrid. La biblioteca complutense consta de múltiples bibliotecas de centro y los llamados servicios centrales. Si nos imaginásemos que la biblioteca es una pirámide, los servicios centrales se situarían en la cúspide. Allí, en la cúspide, alejados del ruido, habita un tipo especial de bibliotecario: los jefes o, como mi compañera Rocío y yo los llamábamos, las cabezas pensantes. ¿Su misión? Diseñar una biblioteca ideal. La verdad es que ni yo ni mi compañera supimos nunca a qué biblioteca pensarían esas cabezas pensantes que va la gente ¿Acaso a la suya, la ideal, o más bien a aquella donde estábamos los curritos?

Se ve que en el mundo de las bibliotecas también hay clases y clases, porque en los cinco años que estuve trabajando en una de estas bibliotecas de centro, de las que manchan, ni una sola vez, ni una, vi aparecer a uno solo de los expertos de la élite-bibliotecaria. No tengo la certeza estadística (la única que valdría para juzgar esta situación) pero las charlas informales con compañeros de otros centros no hacían más que corroborar mi sospecha. No sé si por desidia o porque los directores de centro se podrían ofender al sentir que alguien invadía su terreno (cada uno a lo suyo), el caso es que a los supuestos expertos ni se los olía. Fue tanto así, que llegamos a plantearnos si en los cálculos que los jefes harían para levantar su biblioteca ideal, la variable gente sería tenida en cuenta o no. Me refiero a Pepito Pérez y Pepita García, no a ese tipo de gente que queda tan ideal en los anuncios de Bankia.

La apariencia, no sé si real, era que allá arriba, en el lejano imperio bibliotecario, se quería tanto a las bibliotecas, que lo mejor era tenerlas alejadas de la gente, no vaya a ser que se las manchasen o, lo que es aún peor, que las desorganicen (con la de congresos que les había costado ordenarlas).

La lejanía de la élite bibliotecaria con respecto a la gente, me recordaba bastante a la de los grandes teóricos revolucionarios de la historia (prefiero no dar nombres). Cuando la gente, el pueblo, después de hacer la revolución, les entregó la posibilidad de llevar sus ideas a la práctica, al darse cuenta de la heterogeneidad que la realidad les imponía, decidieron sacrificar a la gente para salvar la homogeneidad de sus ideales. Los resultados totalitarios de esta decisión son de sobra conocidos, de ahí, en parte, creo, la hegemonía del pensamiento único que nos ha llevado, entre otras cosas, a donde nos encontramos en estos momentos.

El modelo de biblioteca que esta actitud elitista de los dirigentes bibliotecarios (lamentablemente secundada por muchos curritos) engendraría, contraria en esencia al espíritu 2.0 (a lo mejor esta puede ser una de las explicaciones de por qué las web social no acaba de arrancar en las bibliotecas), sería uno fiel a lo que David Lankes, profesor de la Universidad de Syracuse, denomina como “lending model” y que yo traduciría como “biblioteca de mírame y no me toques”. En ella se trata de que la gente entre silenciosamente, coja algo (no mucho, que no hay para todos…préstamo, creo que lo llaman) y se largue lo más rápido posible para dejar entrar al siguiente huésped.

Afortunadamente, existen autores, el mismo Lankes, por ejemplo, que trabajan por un nuevo modelo de biblioteca, una que encajaría en los postulados del “sharing model” y que yo llamo biblioteca compartida. Ésta no sólo invita a la gente a entrar, sino a quedarse, facilitando que cada cual aporte sus propios recursos, buscándose el compartir y el que se comparta con ellos. La misión de la biblioteca no sería ya organizar todos esos contenidos heterogéneos y colocarlos en un único lugar con el propósito de ser distribuidos o prestados, sino que su misión sería la de permitir el acceso a los mismos y facilitar el intercambio. No es tanto reunir la colección en un mismo lugar como reunir a la gente. Eva Méndez dijo una vez que lo importante de una biblioteca no es lo que se tiene, sino a lo que se da acceso. Yo añadiría que lo importante de una biblioteca no es lo que se tiene, sino lo que se comparte. La idea, pues, es convertir a las bibliotecas en plataformas bibliotecarias que abracen de lleno los principios de la web social. De ahí a la conexión con el conectivismo (valga la redundancia), como teoría del aprendizaje en la era de la información digital, va un paso y de ahí a los MOOCs, pues ya se sabe…y hasta aquí puedo leer porque así, de un plumazo, acabo de describir cuál es el planteamiento de mi TFM que estoy intentando escribir.